El horizonte que orientará la red, nacido del discernimiento compartido de las provincias y unidades de la Compañía.
La fuerza de la frase está en su sencillez: nombra quién, cómo y hacia dónde, sin necesidad de explicaciones complejas. Cada parte tiene un lugar y un sentido.
La Compañía se reconoce como artífice de condiciones: no lo hace todo ni en solitario, sino que crea las posibilidades para que algo nuevo pueda nacer, con otros y otras.
El proceso práctico y accesible: un nuevo modo de relacionarnos en lo cotidiano que genera cambio real, frente a la fragmentación de nuestro tiempo.
La meta última, de raíz evangélica y carismática: que toda vida sea reconocida y tratada como valiosa, especialmente la más amenazada.
No es mera coexistencia: convivir toca lo cotidiano, el “tú a tú”, el día a día. Es un nuevo modo de relacionarnos basado en el encuentro, el vínculo, la comunidad y el compartir la vida y los sueños.
Que sea transformadora nombra el impacto que deseamos en cada relación: pasar de una realidad no deseada a una deseable, incluyendo a quienes han sido excluidos. Es la respuesta directa a la fragmentación de nuestro tiempo.
Abarca cuatro relaciones:
Desde la perspectiva teresiana, la vida digna no es un mínimo de subsistencia, sino una dignidad relacional, liberadora y en camino.
Es el fin último que orienta toda la misión: el bien común y la ciudadanía global, con atención preferente a la vida más amenazada.
Convivir es estar presente en “cuerpo y alma”, compartiendo la alegría y la comida: un encuentro que sensibiliza y humaniza.
El convivir antecede incluso a la palabra. Como dijo un cacique: “Eso es lo último; en el día a día vamos creando y haciendo juntos”.
El resultado no fue casualidad, sino fruto de un camino deliberado que cultivó la paciencia, la humildad, la escucha profunda y la apertura: “un camino de limpiar la mirada”.
Cada equipo trabajó por separado, asociando palabras —encuentro, vínculo, comunidad— y poniendo a prueba qué frase resonaba más al decirla en voz alta.
Detener la discusión, cenar, orar y descansar. “Se vale detenernos: no hay que decidirlo hoy, porque en esto va la vida.” Dejar que las ideas maduraran y el Espíritu actuara.
Tras la noche de reposo y un momento de oración, todos los grupos —sin excepción— eligieron la misma frase. Una “unidad tremenda” que se sintió natural, aliviadora y corporal.
Por primera vez la misión se formuló desde la pasión que une, no desde las actividades o los lugares. No fueron las grandes metodologías: fue el diálogo y el conversar.
“Somos frágiles, pero nos dejamos moldear. Como el barro, para llegar a esta forma se necesitó paciencia, tiempo y amor.”
“Fue como una labor de parto: un proceso que da miedo y duele, pero que finalmente trae vida nueva. Se sintió ese Pentecostés.”
Por su sencillez y claridad, la frase es fácil de comunicar y de vivir. Estas son las posibilidades que el propio grupo reconoció.
Compartirlo en los territorios y comunidades de cada provincia y unidad.
Hacerlo resonar, traduciéndolo —también entre lenguas y culturas— sin perder su riqueza.
Invitar a sumarse a la propia gente para vivir juntos este propósito.